La frase adaptada de la reflexión atribuida a Jaime Puig en el ámbito de los recursos humanos: "Antes de contratar más empleados para que se vayan, averigua por qué los que tienes no quieren quedarse", tiene una poderosa aplicación en el marketing, las ventas y, especialmente, en la gestión de la experiencia del cliente. En un mercado donde muchas empresas concentran buena parte de sus esfuerzos en conseguir nuevos clientes, existe una pregunta que con frecuencia queda relegada: ¿por qué estamos perdiendo a los clientes que ya confiaron en nosotros?
Captar clientes es importante. Pero captarlos para luego perderlos puede convertirse en una especie de “balde con agujeros”: la organización invierte permanentemente en llenar la parte superior del embudo comercial, mientras por la parte inferior se escapan clientes insatisfechos, indiferentes o simplemente decepcionados.
La verdadera pregunta no siempre es “¿cómo conseguimos más clientes?”, sino también: “¿qué estamos haciendo para que nuestros clientes actuales quieran quedarse?”
El cliente no siempre se va por el precio
Uno de los errores más frecuentes en la gestión comercial consiste en asumir que el cliente abandona principalmente porque encontró una opción más económica. El precio puede ser un factor, pero no explica por sí solo la pérdida de clientes.
Un cliente puede marcharse porque:
- No se siente escuchado.
- Recibe respuestas tardías.
- Encuentra dificultades para utilizar el producto o servicio.
- Percibe indiferencia después de la compra.
- Tiene que repetir varias veces su problema.
- Encuentra inconsistencias entre lo prometido y lo recibido.
- No percibe una relación adecuada entre precio y valor.
- Considera que otra empresa comprende mejor sus necesidades.
- Simplemente siente que ya no es importante para la organización.
Y aquí aparece una verdad incómoda para muchas empresas: la mayoría de las veces el cliente no se va de un momento para otro; primero se desconecta emocionalmente.
Deja de preguntar.
Deja de reclamar.
Deja de participar.
Deja de recomendar.
Y finalmente deja de comprar.
Por eso, cuando una empresa descubre que perdió a un cliente, muchas veces está observando solamente el último capítulo de una historia que comenzó mucho antes.
Adquirir clientes no es lo mismo que construir relaciones
El marketing contemporáneo ha evolucionado desde una perspectiva centrada exclusivamente en la transacción hacia una concepción mucho más amplia: la construcción de relaciones sostenibles con los clientes.
La adquisición responde a preguntas como:
¿Cómo conseguimos que alguien nos compre?
La fidelización plantea otra mucho más profunda:
¿Cómo conseguimos que alguien quiera volver a elegirnos?
Y la verdadera gestión de relaciones con clientes agrega una tercera:
¿Cómo conseguimos que nuestra relación genere valor para ambas partes?
Esta diferencia es fundamental.
Una empresa puede tener excelentes campañas de publicidad, una fuerza comercial agresiva, promociones permanentes y una estrategia digital aparentemente exitosa, pero si la experiencia posterior a la venta es deficiente, todo ese esfuerzo puede terminar financiando la adquisición de clientes que rápidamente se convierten en clientes perdidos.
Por eso, vender no debería ser el punto final del proceso comercial; debería ser el comienzo de la relación.
El costo invisible de perder un cliente
Cuando una organización pierde un cliente, no pierde únicamente una venta.
Puede perder:
Ingresos futuros + oportunidades de recompra + referencias + reputación + información + confianza.
Un cliente satisfecho puede volver a comprar, adquirir otros productos, recomendar la empresa y permanecer durante años. En términos de marketing relacional, su valor no está limitado a la primera transacción.
De ahí la importancia del concepto de Customer Lifetime Value (CLV) o valor del tiempo de vida del cliente: evaluar cuánto valor económico puede generar una relación durante todo el período en que el cliente permanece vinculado con la organización.
Esto cambia la lógica de la gestión comercial.
Si solamente pensamos en la venta de hoy, podemos estar dispuestos a sacrificar la relación de mañana.
Si pensamos en el valor de la relación, entendemos que cada interacción puede contribuir a construir o destruir valor futuro.
La paradoja de buscar más mientras perdemos los que ya tenemos
Aquí encontramos una de las contradicciones más interesantes del marketing.
Una empresa detecta que sus ventas están disminuyendo y decide:
“Necesitamos conseguir más clientes.”
Entonces aumenta la publicidad, contrata vendedores, ofrece promociones, realiza campañas en redes sociales y amplía sus esfuerzos de prospección.
Llegan nuevos clientes.
Pero algunos de ellos también se van.
La empresa vuelve a invertir para conseguir otros.
Y el ciclo continúa.
El problema, entonces, no necesariamente está en la capacidad de atraer clientes. Puede estar en la capacidad de retenerlos.
Por eso, considero que antes de aumentar el presupuesto de adquisición, las organizaciones deberían hacerse una especie de auditoría de fuga de clientes:
¿Cuántos clientes estamos perdiendo? ¿Por qué se están yendo? ¿En qué momento comenzaron a desconectarse? ¿Qué experiencias provocaron esa decisión? ¿Qué estamos haciendo —o dejando de hacer— para evitarlo?

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